miércoles, 1 de abril de 2009

Volver a las Leyendas

El fuego de las luciérnagas

Todo comenzó con una nueva travesura del zorro, que una mañana se apareció por el lago donde los gansos vivían diciendo que tenía intenciones de aprender su graznido.
_¿Para qué quieres chillar como nosotros? -le preguntó uno de los gansos, sorprendido.
_Me gusta como cantan -dijo el zorro, y los gansos se sintieron halagados ya que nunca les habían dicho que eso fuera cantar. Aunque le advirtieron al zorro que su deseo era imposible, el animal insistió tanto que algunos decidieron ayudarle.
_Si deseas aprender el verdadero graznido -dijo el ganso más viejo- deberás volar como nosotros.
Primero el zorro se quedó callado. A él le gustaba andar con los pies sobre la tierra y no lo entusiasmaba eso de mirar todo de arriba. Pero finalmente aceptó, ya que le gustaban los desafíos y seguramente sería el primer zorro volador. ¡Qué aventura para contarles a sus amigos!
Los gansos le hicieron dos alas, le enseñaron a moverlas y le dieron una sola recomendación:
_No tienes que abrir los ojos. Si lo haces, te caerás sin remedio.
El zorro dijo que eso haría y así fue como salieron todos volando.
Y volaron y volaron.
El zorro disfrutaba del viento que le pegaba en la cara y aunque se le despertó la curiosidad por ver el mundo desde arriba, su prudencia le mantenía los ojos bien cerrados.
Estaba oscureciendo cuando los gansos volaron sobre el refugio de las luciérnagas, ellas vivían protegidas por un altísimo muro que los animales no podían saltar. Los destellos de las luces de las luciérnagas atravesaron los párpados del zorro que, sin pensarlo, abrió los ojos; entonces le fallaron las alas y cayoooooooó sobre un enorme cedro que lo salvó de quebrarse las patas.
A su alrededor se juntaron muchas luciérnagas y al zorro lo maravillaron las luces que llevaban en sus cuerpos. Entonces ya no le importó volar o graznar como los gansos. Lo único que deseaba ahora era conseguir ese resplandor para maravillar a sus amigos.
El zorro les cayó simpático a las luciérnagas y lo invitaron a su fiesta nocturna. Allí, el zorro pudo ver como juntando las colas entre varias luciérnagas prendían una hoguera en el centro para bailar después alrededor.
El zorro las miraba y solamente pensaba en la manera de robar ese fuego y poder saltar el enorme muro para llevarlo a los otros animales del bosque.
De pronto tuvo una idea. Ató una astilla de madera a su cola y se acercó peligrosamente al fuego.
-Cuidado -dijo una de las luciérnagas- puedes quemarte.
Entonces el zorro comenzó a danzar alrededor del fuego distrayendo a las luciérnagas que bailaban con él.
_No te acerques tanto -le advertían las luciérnagas mientras el zorro las hacía reír bailando en dos patas y diciendo que era un zorro brujo y que jamás se quemaría.
En cuanto pudo, el zorro acercó tanto la cola que prendió la astilla y empezó a correr muy rápidamente. Las luciérnagas lo perseguían confiando en que cuando llegara al muro podrían atraparlo ya que era imposible que lo saltara. Pero al llegar al cedro que le había salvado la vida, el zorro se volvió a trepar y desde allí saltó del otro lado del muro quedando libre.
Libre sólo por un rato, ya que las luciérnagas atravesaron el muro y lo perseguían. No iban a dejar que nadie tan fácilmente les robara el fuego.
El zorro corrió, corrió y corrió hasta que ya no tuvo fuerzas y entonces le dio el fuego al halcón para que lo llevara a todos los animales y hombres del bosque.
El halcón voló y voló hasta que no tuvo fuerzas y entonces le dio el fuego a una grulla que por ahí pasaba.
La grulla voló y logró escapar de las luciérnagas que todavía andan por allí cada noche, buscando al zorro.
¿Y el fuego?
Ahora cualquiera puede disfrutar del fuego, gracias a las travesuras del zorro que todavía está en su cueva descansando del vuelo, el baile y la corrida.

Esta historia la cuentan los Apaches Jicarillas

de El origen del fuego, Margarita Mainé-Héctor Barreiro
Ed. Prmera Sudamericana
serie: Cuentamérica

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