viernes, 11 de diciembre de 2009

Juan Carlos García








Lo que podrán leer a continuación, es un fragmento del libro
Afectos Profundos “El atroz final del armonizador de tormentas”
1er Premio 3er Certamen Internacional de Novela Corta, Mis Escritos,
de Juan Carlos García,
 hijo de nuestra ciudad y socio de la biblioteca.


Agradecemos la gentileza de acercarnos este libro y dos publicaciones más,
la novela corta “Operación Bolívar” (modelo para armar)
y
“Encantado de Conocerlo” Cuentos breves.





Primera parte






Arrieta, en el excelso punto de su inspiración llevaba el arco atrás e iniciaba el ataque de la partitura para el contundente final, cuando su mujer lo llamó a comer.
Dejó el violín, acomodó el arco sobre un sillón malhumorado, fue a la cocina. Sentadas a la mesa estaban su esposa y Tam-tam, su hija de diecisiete meses. En el centro, sobre un individual de plástico transparente, había una fuente de ravioles con salsa boloñesa.
[…]
-¿Se puede saber qué te pasa? –le dijo Amalia, su mujer. Amalia podría haber preguntado simplemente que le pasaba, pero el agregado de se puede saber, llevaba una connotación diferente, quería significa que la cosa no era de ahora, que ya venía de antes, que el comportamiento de Arrieta fastidiado n o era del momento. En realidad, la pregunta hubiera debido formularse así: ¿Se puede saber qué te pasa ahora?
Sin levantar la vista del queso rallado que distribuía de forma uniforme con una cuchara sobre la salsa, Arrieta murmuró:
-Fuera de tiempo.
-¿Otra vez…?
-Otra vez.
-Mirá Lorenzo. Tu vida armónica nos complica la existencia. Yo también podría decirte que los ravioles tienen un punto de cocción y no deben estar ni crudos ni desechos, y eso también requiere del momento justo de la presencia de los comensales en la mesa.
[…]
-Dijiste ¡acomer!
-¿Y qué?
-Si hubieses dicho a… co-mme-rr, la erre prolongada antes del fin, podría haber encajado entre el sol y el la entrando después del tercer movimiento. De esa manera sonó mal.
[…]
Ese gesto de persona desprotegida fue la razón de que ella estuviera a su lado y cuando afloraba aún lograba enternecerla, aunque la referencia a los ladridos desentonados del perro de la vecina la alarmó.
-A lo mejor es sordo –dijo ella con cautela agregando a su vez el queso rallado.
-Quizás –aceptó Arrieta probando el primer raviol-; ya lo averiguaré.
-La vecina se enojó la vez que intentaste afinarle el canario.
-¡El canario se murió! –se disculpó Arrieta con fastidio levantado los ojos del plato para mirarla entre sus pobladas cejas.
-¡Se murió cuando le cerraste el pico con la cinta de pegar y le tapaste los agujeros de la nariz! –Amalia se esforzaba pero a veces la ira la sobrepasaba, la ponía fuera de sí que su marido no se diera cuenta de detalles que para cualquier persona resultarían nimios.
[…]




Si les ha gustado, y ha despertado en uds. la curiosidad, por este personaje tan particular, como me pasó cuando comencé a leerlo, acérquense y dense gusto.






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