de Ramiro Varela a Antonieta Lear
Antonieta mía:
¡Qué placer, qué enorme placer me causó tu carta!
Leyéndola, parecíame sentirte a mi lado, oír tu voz, aspirar el perfume de tus ropas, sentir los estremecimientos de tu carne.
Cerré los ojos y por un instante viví la ilusión de que tu aliento tibio me acariciaba el rostro y de que tus labios, perturbadores como la misma locura, estaban cerca, muy cerca de los míos, que se juntaron para recibir tu beso… ese beso que la ausencia hace doblemente apetecible.
Y esa ausencia, Antonieta mía, debe prolongar tu martirio una semana más, pues mi padre desea interiorizarse en un negocio que debo resolver en Buenos Aires, a mi vuelta.
Ya ves: una semana de ausencia; es decir, un siglo de espera.
En él, mi amor y mi deseo no harán otra cosa que sazonarse, que valorar, ahora que no lo tengo, el tesoro de tu ternura.
Voy a llenarlo con tu recuerdo, con el recuerdo de tus besos, de tus caricias, de tus arrebatos. Y si no logro llenarlo con eso, lo haré con mis ansias acumuladas de verte, con mi enorme deseo de volver a ti.
Ya verás como a mi vuelta nos va a parecer que nos queremos más.
Un beso grande, muy grande, que te cubra toda entera.
Ramiro